En el Milpillas de ayer

Preámbulo del libro Ayer y Hoy de Jesús Manuel Barrera Castañeda y José Barrera Castañeda.
editorial AMATEditorial.

En el reverberar del sol candente de abril, tú podrás sentir la presencia de mis antepasados. Allí encontrarás a mi pueblo erguido en lo más alto del monte y mirando siempre hacia el oriente. Allí percibirás el eco de tantas generaciones pasadas, que se esconden entre las ruinas de sus añosas casas.

Allí escucharás el sonido de los cuatro arroyos, que cantan al paso por el pueblo, llevando el rumor de los siete barrios. Sentirás en el silencio de sus desdibujadas calles, la presencia de tantas historias guardadas entre el bullicio de los niños que juegan y los hombres que se mezclan con el tiempo.

Allá encontrarás las huellas de los que hicieron esos caminos y los surcos de los que labran la tierra. Te contarán de arrieros y de las faenas del campo y podrás mirar como vieron ellos, nacer el día en el horizonte de Tinajitas, trayendo el alba mecida en el viento con el amanecer que se anuncia por el canto de los gallos. Verás el sol que ilumina apenas, las tlazoleras dormidas. Sentirás también el viento fresco, con el olor de los primeros leños, cuando pintan de blanco la geografía del vecindario. Allá se despierta la vida con la luz del lucero y amanece todo, con olor a mirto y geranio.

Lejos de la ciudad está mi pueblo, bañándose de sol en la mitad del monte, en una región que el cielo viste con su azul profundo. Sentirás tus pasos confundirse entre tantos otros y encontrarás testigos que te hablarán de todo. Más acá del sol está ese viento que nos trasporta a la vida del mundo nuestro, que nos redime y nos cobija con el calor de nuestra casa paterna. Allá en la tierra de la diosa del maíz se encuentra mi herencia mestiza que se derrama en el esplendor de los horizontes que primero vimos y en el candor de las campiñas que inspiraron nuestros primeros sueños. Este libro es el escenario, donde todas las gentes de Milpillas caben. Es el lugar del encuentro con la historia que creamos todos. Es la hora de cuantificar nuestra herencia cultural, para que las siguientes generaciones jamás olviden y jamás se sientan solos. Por mis paisanos, por mis amigos, por mis padres, por mis hermanos, he dedicado este tiempo. Por todos los hijos que fueron, que son y serán de Milpillas y por todos aquellos que sin serlo, se sienten ligados al pueblo.

Por el placer que me apasiona el ir despertando historias para vivirlas de nuevo. Por todo lo que significa haber nacido en esta tierra, he regresado en la memoria, para acompañar con mi recuerdo a los personajes que aquí aparecen. Con ellos siento la emoción de cruzar por el tiempo de tantos seres, que como yo, son parte de una historia que comenzó hace siglos.
Agradezco a Dios la bendición de haber nacido en Milpillas, porque de volver a nacer, pediría al Creador nacer en Milpillas, de la misma madre, del mismo padre y en la misma cuna. En la quietud del silencio, de ese mágico silencio que provoca los recuerdos más profundos, aparecen de repente la secuencia de esas casas levantadas con adobes, con sus puertas y ventanas de gruesa madera, enmarcadas con largos bloques de piedra labrada; ahí están los zaguanes con el portón principal, la puerta de golpe en los corrales, las cocinas con sus pretiles y la secuencia interminable de ollas y cántaros de ba
rro, allí las chimeneas blanqueadas y las alacenas empotradas en la pared enjarrada, los patios de todas las viviendas con su jardín al fondo, colmados de yerbas florecidas; los geranios colgantes y las verbenas como alfombra pintada de rojo, blanco y rosa, los claveles dobles, los belenes y vitulias, las nobles malvas; las blancas copas de alcatraces, las cinias y las dalias, la ruda y el mirto, los permanentes, los perritos, pensamientos y espuelitas y la infaltable presencia de las begonias y amoenas en la sombra; amapolas y gladiolas buscando el sol y el olor de los cempoales en octubre. Ahí está Milpillas con sus siete barrios, siguiendo la caprichosa geografía de sus cuatro arroyos.

Este es el Milpillas de nuestra historia, casi en el centro del mundo, casi en la última región del monte virgen, en donde el caminante se inclina para beber directamente el agua en sus veneros limpios, donde cada atardecer evoca una nostalgia, donde la tierra roja que pisamos con los pies descalzos, se mete en cada poro de la piel y en cada hueco del alma. Milpillas en su construcción de viviendas y edificaciones públicas, caprichosamente desordenadas, es el reflejo mismo de sus habitantes, tan independientes como pocos, tan acostumbrados a valerse por si mismos, aunque unidos profundamente por los lazos del corazón. Para los milpillenses el concepto de calle nunca está presente en su conciencia, acá existen las casas de alguien, los nombres genéricos como El Baño, La Puente, La Tabla, El Gorgorito, Los Zapotitos, Chicalco y los nombres de los barrios. La construcción de fincas nunca siguió un patrón lógico de calle; a nadie le importó estar alineado con otros, simplemente cada quien escogió el lugar que le pareció el más adecuado y ralló en el piso para empezar a levantar los cimientos con cantera labrada, que fue por lo regular cerca de la casa paterna, en la propiedad heredada.

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