Río Abajo es el título de un libro escrito por José Barrera Castañeda, compuesto de 28 relatos verídicos que de alguna manera expresan el sentir y pensar de la gente de Milpillas de Allende Zacatecas y de todas las rancherías y pequeñas poblaciones mexicanas en la segunda mitad del siglo XX, escrito en un lenguaje florido, con una gran elocuencia que pareciera que sus expresiones fueran alegóricas, poniendo en cada relato la descripción de lugares con tal claridad, que se pueden visualizar; logra igualmente expresar los sentimientos de los personajes que componen la obra y de alguna manera transporta al lector al tiempo en que sucedieron los hechos que narra, logrando trasmitir el sentir con que fueron vividos y de alguna manera conocer la historia de la gente que vivió en dicho pueblo en ese tiempo. [Jesùs Manuel Barrera Castañeda]
A continuacion algunos de los 28 relatos:
El 11 de diciembre de 1925 amaneció como cualquier otro día. El sol de Chacuaimita en el oriente, iluminó las tasoleras y los gallos cantaron como siempre. El humo de las chimeneas despertó el alba, al mismo tiempo que Rafailita Ramírez terminaba de rezar su Rosario de quince misterios. Pasadas dos semanas atrás, el día 20 de noviembre para ser exacto, se habían dado libre las puertas de las mangas y el ganado había llegado desde los agostaderos de los ranchos, para comerse el rastrojo de todos los muladares y barbechos de la mesa de Milpillas. Los patios de todas las casas estaban repletas de cerros de mazorcas, secándose al sol en espera de ser limpiadas y separadas de los moloncos para luego llenar los chapiles hasta las socarrenas; el frijol en vaina también se secaba extendido por las cercas y las calabazas y las chilacayotas cubrían la parte frontal de los techos.
Podría decirse que con excepción de un ligero viento fresco venido del norte, que para muchos fue un claro síntoma del inminente invierno, nada fuera de lo común habría de suceder en esa fecha, pero no fue así; como a las doce del día intempestivamente unas cuantas nubes interrumpieron la luz del sol, comenzando de inmediato a soltar una llovizna constante. Nadie esperaba la llegada de las cabañuelas tan anticipadas y por lo mismo no tomaron precauciones; dejaron allí sus cerros de maíz afuera, con la absoluta seguridad de que al siguiente día, el sol y el viento solucionarían ese contratiempo ocurrido por esa lluvia fuera de cualquier predicción; toda la tarde y toda la noche siguió lloviendo; así amaneció el día 12 con el cielo encapotado cubierto por un espeso manto gris de lluvia pertinaz y continuó lloviendo incesantemente por 11 días sin interrupción. Los que miraron ese diluvio fueron los descendientes de las primeras familias que fundaron el pueblo como eran: los Castañeda, Flores, Muro, Navarro y después los Ramírez, así mismo los que más recientemente habían llegado a formar parte de Milpillas como los Rivas, Barrera,Sandoval, Gutiérrez,Covarrubias, Ortiz, Acosta y otros.
Los primeros días del diluvio,
la gente aunque preocupada, tomó las cosas con calma,
pero a medida que pasaba el tiempo y el cielo lejos de despejarse se tornaba
más oscuro y se intensificaba la fuerza del temporal, empezaron
a lamentar el no haber guardado su maíz, su frijol y por la leña
seca que ya escaseaba en todos los hogares. Después del cuarto día,
en muchas mentes se apoderó la sensación de vivir en una
población sitiada por el agua; las mazorcas hinchadas aumentaban
considerablemente de tamaño, apretándose contra las puertas
cerradas de los que estaban adentro, manteniéndolas herméticas
sin permitirles salir; aparecieron goteras en los techos que se multiplicaban
día con día y el espacio que habían dejado en el patio
para entrar y salir a sus cocinas y dormitorios, había sido cubierto
por la expansión de las mazorcas agrandadas. Las salidas del pueblo
se habían reducido prácticamente a una sola, que era la que
daba al occidente en dirección de Cuspaltepec.
Sin otra opción, los hombres desesperados
por la falta de leña, se vieron caminando en dirección del
monte de La Sorrueda, por las únicas
veredas lodosas casi empantanadas que quedaban disponibles; los mismos
barrios de Milpillas, se vieron separados
unos de los otros por la
descomunal creciente de sus arroyos
interiores imposibles de cruzar; las familias de los Ramírez, sólo
podían salir con dirección a La Tabla porque habían
quedado atrapados entre dos arroyos y la peligrosa proliferación
de veneros que amenazaba en convertir su barrio en una laguna,
como lo había sido en tiempos de los Indios Caxcanes;
los Castañeda, nada mas contaban con la salida hacia el occidente
y para ello tenían que cruzar por el barrio de los Muro y los Uribe
en dirección de Los Renuevos; los Rivas
salían siguiendo el cauce del arroyo principal del pueblo hasta
llegar a Los Laureles y los Bobadilla de El
Gorgorito, caminaban sobre las faldas de el Cerro de Chacuaimita.
Era impensable dirigirse a cualquier otro sitio que no fuera Los Charcos
o Cuspaltepec, pues habían quedado como ya dijimos,
sitiados por el agua que no cesaba y con sus cosechas y sus animales a
merced de la misma; nadie en esos días fue a sus ranchos,
pues ningún río ni arroyo tenía paso; nadie podía
aventurarse más allá de los ríos de Los Sauces, el
de San Antonio, el de Las Sandijuelas, el
Arroyo de Capulines, el de Tenayuca
y el Arroyo Hondo que mantenían rodeado a Milpillas
por los cuatro puntos cardinales. Ya para el sexto día de cabañuelas,
se empezaba a hablar abiertamente de un diluvio, atribuyendo ese castigo
a los excesos de los borrachos y a la falta de temor de Dios de mucha gente
que no hacía los Viernes Primeros. En todas las casas comenzó
una actividad frenética de palas, azadones y chiquihuites,
removiendo
las mazorcas hacia sitios más alejados de las puertas y abriendo
zanjas para dar salida al agua estancada; el olor de maíz fermentado
se introducía hasta los dormitorios como un recordatorio de la carestía
que se avecinaba. Ponciano Ramírez
al igual que otros padres de familia, instruyeron
a sus hijos para que metieran las mazorcas que cupieran en las habitaciones
secas, extendiéndolas en el piso con
la esperanza de rescatar algo de aquello. Roque y Evaristo Castañeda,
ordenaron a sus familiares hincarse en cruz para hacer penitencia y Rafailita
incrementó
el rezo de sus Rosarios de quince misterios a tres por día; Eugenia
Román en un acto desesperado, salió hasta el barbecho frente
a su casa y se puso a rezar a gritos La Magnífica y muchas otras
imprecaciones aprendidas de su madre en Atemanica,
con ella se sumaron los rezos de Chana y los familiares de Remigio Navarro
que también salieron al patio. Fue de la casa de Lucas Muro, de
donde se dio a conocer una receta para hacer tejuino,
aprovechando
la ventaja del maíz fermentado que se convirtió en Milpillas,
en el alimento más importante de los siguientes días. Las
vacas entumidas dejaron los rastrojos para comer directamente de los montones
de maíz mojado y los niños aburridos de tanto encierro, salieron
a los zanjones a jugar con los veneros y a contemplar por supuesto, las
crecientes de todos los arroyos; aventaban trozos de palo y cañejotes
para verlos alejarse llevados por el agua y realizaban competencias para
ver quien lograba hacer la mayor cantidad de patos con sus piedras lajas.
Juan Rivas que hacía las veces de doctor,
recomendó a todas las mamás que para prevenir el chaguiste
y la tosferina, les dieran a sus hijos todo
el limón que pudieran y que les cocieran estafiate con ceniza para
aliviarlos de las enfermedades estomacales. Doroteo Rivas interrumpió
las clases de la escuela que recién iniciaban,
no sin la recomendación de que todos, al menos estudiaran las tablas.
Ya para el noveno día, muchos empezaron
a caer en crisis de pánico alternadas por etapas de resignación
absoluta, abriendo paso en sus mentes de que aquellos aguaceros, se convirtieran
en una situación de lluvia permanente; otros comenzaron a contar
los días, asegurando que serían
cuarenta las noches, mañanas y tardes
de lluvia, igual que en El Diluvio de Noé.
Las pláticas ahora giraban a buscar en el recuerdo de la mente de
los más viejos, algún acontecimiento pasado, de catástrofe
parecida o mayor a la presente, pero nadie pudo dar razón de cabañuelas
mayores a cuatro días consecutivos; los escépticos
afirmaban que de terminarse las lluvias antes de ahogarse todos, a lo más
que podrían aspirar los sobrevivientes era a igualar las condiciones
de miseria del año de 1914 que fue precisamente el año del
hambre, seguido por los años de la peste de 1915 y 1916.
Siendo Milpillas un pueblo sin mar, no había pescadores que les dijeran como construir embarcaciones, que de haberlos habido, de seguro que no hubieran titubeado en ir a Paso de Gómez para cortar madera y construir un Arca, por el contrario, eran un pueblo de campesinos acostumbrados a medir su tiempo por el paso del sol sobre su cielo, a mirar las estrellas y calcular las horas de la noche según lo alto de la luna; se deprimieron llenos de nostalgia de haber perdido el calor del sol, deseaban quemar sus brazos y su rostro con el sol de sus recuerdos que bañaba sus paisajes y a su pueblo de intensa luminosidad en medio de cielos azules; querían sentir la reverberación del sol de mayo, la sed de junio, el calor de sus barrancas, ver el horizonte rojo del poniente y los primeros rayos del oriente; extrañaban hasta su propia sombra dibujada en sus caminos, llegando al extremo de prometerle pesadas mandas a Dios, si les concedía el milagro de volver a ver el sol; un hijo de Don Eugenio Romero le prometió al Señor de Los Rayos de Temastián, andar durante todo un año sin sombrero y por supuesto, visitarlo para agradecerle el favor; no faltó alguno de los Méndez, que disparara su pistola al viento como a manera de dispersar las nubes.
Todo fue de balde, lejos de amainar la lluvia el 21 y el 22 de diciembre cayeron aguaceros torrenciales con muchos relámpagos y rayos. Para los más creyentes esa fue la confirmación de que había llegado el fin del mundo y para otros, lejos de molestarles los tempestuosos chubascos, encontraron en ellos, una forma de salir de la monótona rutina de una lluvia sin fin, tenían la plena seguridad de que no sería este torrente ni ningún otro el que pudiera acabar con Milpillas; acostumbrados a la vida dura del pasado, se habían hecho resistentes a los males, pues sobre todo los vecinos de mayor edad, más que pensar en algún diluvio anterior, recordaban otras calamidades más terribles: las incursiones en los finales del siglo XIX del Tigre de Álica, el levantamiento revolucionario en el 13, el año del hambre en el 14 los de la peste en el 15 y el 16, las atrocidades recientes le Pablo González, la muerte de inocentes en Cuspaltepec, este diluvio en el 25 y los que faltaban por venir serían sorteados seguramente por todos.
En la madrugada del día 23 de diciembre, Chonita Román interrumpió su Rosario de Quince, para salir a ver por qué razón en el patio, se escuchaba tanto alboroto de sus gallinas, situación que le parecía bastante extraña, tomando en cuenta que no recordaba haberles dejado abierta la puerta de la hornilla, al destrabar con dificultad las gruesas hojas de madera de su dormitorio, supo de inmediato que el tiempo había cambiado totalmente; un lucero esplendoroso y limpio en lo más alto del cielo anunciaba el amanecer con la inconfundible luminosidad del alba; las gallinas estiraban las alas y corrían por todos lados en busca de lombrices y picoteaban los granos de las mazorcas ya casi nacidas. Chonita Román puesta de rodillas terminó de rezar los diez misterios restantes y cuando pronunciaba solemnemente las últimas advocaciones de la letanía, miró emocionada el primer rayo de sol que en ese venturoso día, le devolvía a los habitantes del pueblo de Milpillas, la posibilidad de seguir luchando para conseguir su alimento y el maravilloso don de mirar a plenitud, el color de las dalias y las verbenas florecidas.
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El día que Plácido Rivera, apareció
frente al río de la parte norte de San Antonio, vestido casi como
hombre primitivo y exclamando desaforados improperios, la percepción
de Milpillas concebida por todos los ahí nacidos, como si esa parte
de la tierra fuera el centro del mundo, cambió radicalmente para
muchos.
Páchalo apareció de repente, en una tarde
del mes de octubre, cuando la milpa madura comenzaba a dorar sus hojas.
A pesar del sonar del río que se bifurca en esa parte, hasta formar
una península, su presencia fue advertida no por el volumen de su
cuerpo, sino por aquellos gritos iracundos que con palabras altisonantes,
hacia referencia al único troquero queregularmente visitaba el pueblo
llamado Aquilino Aguayo.
Antes de abrir la última puerta de teleras, puesta
en la cerca de piedra a inmediaciones del río, el referido personaje,
fue avistado por primera vez desde las casas de la loma del otro lado,
por todos los moradores que ranchaban en esa temporada. Uriel, Imelda,
José Manuel, Clementina, Nacho, Heraclio y sus hermanas y por supuesto
los papás y los abuelos de todos ellos, escucharon los gritos de
aquel hombre, que bajaba con prisa por el monte, y al ver su figura tan
maltrecha, quedaron tan sorprendidos, que no atinaban a saber quién
era. Traía el pelo ensortijado, la barba crecida y sucia, una cobija
raída y los pies casi descalzos. Venía con los pantalones
rotos y llenos de parches, su camisa de manta deslavada, amarrada a la
cintura, apenas abrochada por dos botones. Mi abuela Angelita ya con los
ojos rasos, fue la primera en pronunciar su nombre, refiriéndose
a él con tanta alegría, que a pesar de no tener parentesco
alguno con él, le dio la categoría de hijo; "creo que es
mi hijo Páchalo" así lo dijo casi llorando.
Plácido Rivera había nacido en Cuspaltepec,
probablemente a principios del siglo XX, en tiempos en que ese rancho,
era un caserío con muchos habitantes prósperos y trabajadores.
La Revolución lo dejó huérfano de padre muy pequeño
y una enfermedad maligna le quitó a su madre cuando él tenía
apenas 12 años de vida. La mujer que lo trajo al mundo fue a morirse
a Milpillas y la gente que la vio padecer su agonía, escuchó
los lamentos de aquella pobre madre. "Quién cuidará de mi
Páchalo ahora que me muera." Trine su único hermano era un
bueno para nada, por lo cual, la mamá dudaba que pudiera ser capaz
de cuidarse a sí mismo y con mayor razón de atender a su
pobre Páchalo, que aparte de ser un niño, cargaba con el
agravante de ser retrasado mental. Así las cosas, Páchalo
fue adoptado por el pueblo entero y él a su vez, se encargó
de granjearse su comida, su ropa y su techo, trabajando para todos sin
descanso. Iba de casa en casa sin pedir jamás comida, e inclusive,
llevaba atados a la cintura su propio pocillo y su plato, para no causarles
ascos a las gentes caritativas, que le ofrecían agua o comida. Todos
en el pueblo a decir de él, eran sus tíos o sus hermanos,
dependiendo de la edad que tuvieran. De repente aquel loco extranjero,
se volvió el personaje más popular del pueblo, a tal grado
que ya para los años cuarenta, era casi impensable imaginar a Milpillas
sin la presencia de Páchalo. Las casas de adobe de los siete barrios,
los cuatro arroyos y las calles de tierra colorada, eran recorridas a diario
por el incansable loco, quien daba razón y seña de todo lo
que pasaba y de lo que no pasaba; lo mismo se refería a la revolución
que según él arrasaría con los ricos de entonces,
que daba una eficaz solución para terminar con el vicio de los bailes
"voy a hacer una fiesta que dure muchas noches y días, para que
todas las viejas empicadas, bailen sin descanso hasta que se despedacen
de tanto bailar. Que boten pedazos de vieja, patas de vieja, cabezas de
vieja de tanto bailar y no dejaré que se sienten hasta que se les
quite la maña". Su voz inquisitoria fue la conciencia y la moral
de todos. Su voluntad inquebrantable por erradicar el mal, la injusticia
y el egoísmo, le valieron el reconocimiento de pobres y ricos, de
niños y ancianos. Expresaba tal convencimiento al exteriorizar
sus conceptos sobre lo bueno y lo malo, que sus razones a pesar de ser
desatinadas, lo hacían parecer un genio. Vivió con tanta
simpleza su existencia, que no medía lenguajes ni lugares para expresar
su dolor, su alegría o su enojo. Dijo lo que otros jamás
se atrevieron a decir y en los lugares menos imaginados como en el Templo.
Fue capaz de amar a su pueblo y a la vida de todos como la suya propia,
lloró por los tristes, pidió comida no para él, sino
para los pobres y bailó y cantó para todos, sin más
complejos ni remilgos que su propio sentimiento; interpretó a su
modo todas las historias de los personajes del pueblo; lo mismo fue pachuco
que general, terrateniente o paria. Dedicó su mas profundo amor
a la mujer que su extraviada mente concibió para tenerla como su
amada; Martha Muerta Palos y su mente de genio extraviado lo volvió
padre de dos hijas, sus amadas Pirrianda y Mirrianda, y en su delirio concibió
la existencia de sus suegros, Picacho y Montaña.
Volviendo al final de la presente historia, quiero decir
que la misma se había iniciado unos seis meses atrás en la
Hacienda de Guadalupe, cuando Trine el hermano de Páchalo, valiéndose
de mil argucias, había venido por él a Milpillas para que
le sirviera de ayuda. Páchalo recibió con tanto enojo aquel
capricho de su hermano, que buscaba desesperado la manera de abandonarlo,
para regresarse al Milpillas de sus tardes soleadas y de sus sueños
todos y el momento oportuno para liberarse de su hermano, se presento con
la llegada de Aquilino el de la troca. Aquilino Aguayo fue lo que se puede
decir una especie de arriero motorizado, que iba y venía con casi
todos los enseres que los pueblos de Huitzila, Milpillas y la Hacienda
de Guadalupe necesitaban, lo mismo llevaba puercos que traía salvado,
arinolina, mecates o roperos en su camión de redilas.
Una tarde de abril, pasó Aquilino por La Hacienda,
cargó su troca con cerdos y se hizo al camino con rumbo a San Cristóbal
de la Barranca. Al día siguiente llegó a Guadalajara y se
dispuso a entregar la carga de cerdos, propiedad de un engordador de La
Hacienda. Todos los animales habían resistido venturosamente el
trajín del camino y con ellos, de manera sorprendente, había
viajado Páchalo, que ahora mostraba los estragos de tanta caída
entre los cerdos. Sucio y oloroso le preguntó al troquero por Milpillas,
destino al que él pensaba llegaría en ese viaje. Aquilino
preocupado, decidió regresarlo, pero para eso era necesario primero
entregar la carga encomendada y debido a ello, entre tantas maniobras y
cuentas por hacer, al poco rato, nadie supo dar razón de aquel loco,
que igual como subió a la troca se apeó de la misma sin dejar
ninguna huella.
Seis meses después, se pudo saber la versión
completa del suceso, que fue la expresada por Páchalo, cuando entre
palabras soeces, culpó al troquero de Guadalajara que según
su entender, le había hecho perder los vientos, pero al mismo tiempo
que daba su propia versión, dio razón de sus andanzas que
lo trajeron rodando durante seis meses, quién sabe por que partes,
pero también, pronunció las frases que jamás algún
Milpillense se le había ocurrido pensar: "Milpillas no existe para
nadie; he caminado por años, (así lo dijo él) dándole
vueltas al mundo, traqueando por todas partes en busca de Milpillas y nadie
me dio razón de donde estaba este pueblo. Caminaba noches y días
con sol y con lluvia por cerros y pueblos grandes y chicos y la gente no
conoce ni el nombre, mucho menos el lugar del mundo donde Dios puso ésta
tierra; estamos abandonados y a mí me consta, que ninguno en toda
la tierra, ha oído hablar de Milpillas, ni de los que aquí
vivimos, ni de los ranchos ni de las gentes. No conocen ni a los ricos
mucho menos a los pobres".
La otra parte de la historia, de los seis meses que caminó
este loco, de sus hambres, sus cansancios y sus búsquedas del pueblo
amado, sólo Dios la sabe.
Hoy frente a este río, en el lugar de la misma
puerta, sólo atino a decir, que para mirar estrellas y horizontes
de amaneceres perfumados con el aroma de los lirios, no se necesita estar
en el centro del mundo; efectivamente Milpillas no lo es, como bien lo
dijo Páchalo aquella tarde de octubre, pero a pesar de todo, habemos
muchos cuerdos, que como ese loco querido, buscamos a diario aunque sea
con el recuerdo, regresar al punto donde la tierra nos vuelve sus hijos
y donde están nuestros primeros pasos y nuestros mejores sueños.
Nunca hubo en mi pueblo un funeral tan concurrido como
el de Páchalo, y sin embargo por razones obvias, jamás alguien
al menos en esta generación de vivos, imaginará siquiera,
ponerle a su hijo el nombre del loco que más amó a Milpillas;
Plácido.
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Tiempo atrás, en esa historia que no termina de
ser narrada, hubo una vez un niño que cargó sus sueños
en su camisa remendada, convertidos en diminutas piedras que buscó
en el río.
Cada tarde y cada vez que pudo, caminó por la
rivera removiendo piedras de colores y de formas diferentes, todas aquellas
que en su mundo semejaban los juguetes que de otros materiales nunca tuvo.
Llevó camino arriba sus pequeñas piedras.
Eran rojas, amarillas, blancas y de muchas formas lisas y alargadas; con
manchas y bañadas todas por el río donde se hallaban.
Arriba en un tepetate desnudo de tierra y pasto, aquellas
piedras tuvieron nombres. Unas fueron vacas, caballos y becerros, otras
coyotes, gatos, perros y lobos y las restantes fueron cercas y corrales.
Los primeros corrales que construyó aquel niño
eran tan reducidos, que casi podrían caber en la palma de una mano
y el número de vacas y cerdos que en ellos estaban encerrados, no
pasaban de cinco. Pero poco a poco el número de piedras acarreadas,
permitieron agrandar las dimensiones del potrero, al tiempo que sumaba
nuevas vacas y becerros. Al final del temporal de lluvias, era tan basto
el espacio cercado, que se podía caminar por dentro; a su vez los
animales traídos del río llegaban a contarse por docenas.
Llegaron en su camisa remendada por su madre: lobos y coyotes, gatos monteses,
zorros, tejones y venados, todos merodeando los corrales y todos eran de
pequeñas piedras lisas.
Un día luminoso de septiembre, vino en la camisa
una piedra obscura, tan hermosa y tan pulida por el agua, que se convirtió
en el personaje central de sus juegos y fue bautizada con el mismo nombre
del toro de carne y hueso que tenía su padre en el potrero, "El
Marinero". Desde entonces, los atributos y defectos del hermoso toro de
su padre, fueron transferidos a través de la imaginación,
al suyo de piedra: se salía de los corrales por bien cercados que
éstos estuvieran, cruzaba el río crecido, era terco y fuerte
y tenía los cuernos extendidos como brazos estirados. El hallazgo
de esa nueva piedra convertida en toro, aumentó considerablemente
los trabajos del niño, pues ahora, la costumbre incorregible del
toro, de brincar la cerca que invariablemente derribaba, lo obligó
a reconstruirla, cada día que regresaba al sitio.
Cada vez que el niño regresaba a sus corrales,
el animal aquel, estaba peligrosamente cerca de los lobos, mientras que
la cerca derribada del potrero, era una invitación constante, para
que los demás animales se perdieran y en efecto, hubo más
de una ocasión, en la que los becerros de diminutas piedras que
pastaban en un potrero separado, se habían juntado con sus vacas,
haciendo imposible efectuar la ordeña; entonces había que
volver a empezar de nueva cuenta, la larga tarea de separar las vacas de
sus terneros, actividad que le quitaba mucho tiempo al niño, que
de
otra manera, hubiera podido emplear en ir al río en busca de nuevas
piedras, o tal vez, en viajar en su avión preferido, que era una
larga y extendida rama del añoso encino cercano, o al menos, trepar
por las faldas de los múltiples relices de piedra viva donde tenía
sus cuevas y desde donde se podían observar tranquilamente, los
mitológicos faraones de las laderas de enfrente, los enormes y frondosos
palos colorados que enmarcaban majestuosos el cauce del río de San
Antonio y por supuesto, mirar el vuelo ágil de las golondrinas.
Quizá cualquier lector de este relato, podría
estar intrigado en conocer la manera en la que el negro toro de piedra,
a pesar de ser inerte, lograba derribar la cerca. La explicación
es muy sencilla; el propio niño al partir de sus corrales, tomaba
al toro para ponerlo fuera, mientras que al mismo tiempo, derribaba el
corral con su pie de forma intencional, luego se ausentaba sin mirar atrás,
pues la emoción del día siguiente, consistía precisamente,
en el hecho de no saber cómo encontraría la cerca.
Al pasar el tiempo, el niño creció y emigró
a la ciudad, abandonó su toro, su río y su columpio a vivir
su propia suerte. Dejó los Faraones y sus cuevas, las luciérnagas
de agosto, el sol de sus mañanas, la peña de las ardillas,
los mirasoles, el viento del verano, el guariche del roble y toda su infancia
regada en esa tierra.
Pasaron los años y un día por casual coincidencia,
estuvo parado de repente, en el mismo lugar donde aún vivía
su querido ganado de piedra. Estuvo en el sitio de sus diminutas cercas,
ahora caídas y maltrechas. Se inclinó hacia el piso y tembloroso
levantó su toro negro, que ésta vez a pesar de la cerca caída
por completo, estaba dentro. Contempló interminablemente sus viejos
lobos y no tuvo más remedio que apretar entre sus manos su “Marinero”
con fuerza, para ponerse a llorar con él calladamente. Abajo cantaba
el río.
Un día hubo una masacre en Huitzila. Alguien me
dijo que fueron cinco los caídos, entre ellos dos judiciales y tres
civiles y uno de ellos era un hombre bueno que en ese momento construía
una ermita, para conmemorar a otros dos civiles muertos de un enfrentamiento
anterior con los mismos judiciales, pero que en realidad su oficio de siempre
había sido el de servir de correo. En una jornada cubría
el trayecto desde Huitzila, La Hacienda y Milpillas hasta el Teul y al
siguiente día regresaba. Toda la gente lo conocía de sobra,
pues aparte de la correspondencia, solía llevar y traer otros encargos
livianos; llevaba y traía cartas y razones para todos.
Desde principios del siglo XX había servicio de
correo en la zona. No había radio ni teléfono ni nada, pero
había correo y esto evitaba que las personas tuvieran que viajar
a veces por ocho horas o más, para mandar sus razones o sus cartas.
El correo al que me refiero, comenzó su oficio
al principio de los años sesenta y no lo dejo, sino hasta
que finalmente lo jubilaron. A él lo jubiló el gobierno y
el hizo lo mismo con su mula. Simplemente le quitó la silla y el
freno y la dejó salir del corral. Le había servido por casi
veinte años de compañera y ya era justo dejarla descansar
los últimos años que viviera. Quizá el correo no tenía
mejor amigo que su mula. En ella anduvo tantas veces el camino real, que
si sumaba las horas que pasó con ella, fácilmente le daban
un tercio de su vida. El podía cerrar los ojos, quedarse dormido
sobre su lomo y estaba seguro que llegaría sin contratiempo a su
destino. Se podría decir que la mula conocía el oficio del
correo mejor o tanto como él mismo. Sabía adonde llegar
en cada pueblo, a que horas partir, que veredas andar y hasta me atrevo
a decir, que también conocía la cantidad de cartas a juzgar
por el peso de la bolsa. Juntos enfrentaron las tormentas, los tiempos
de hambre, los caminos solitarios, las mañanas y las tardes. Había
tal comunión entre el jinete y la bestia que uno no podría
imaginarse ver cruzar al correo en otra remuda que no fuera su mula.
Hay personajes que uno siempre recuerda, oficios que
uno imagina que sólo pueden ser desempeñados por una sola
persona, que nacieron para eso y el caso del correo fue uno de esos, a
tal grado, que perdió su nombre original y terminó por adoptar
el de “El Correo”.
Al día siguiente que dejó libre a su mula,
salió para darle un mono de hoja y hasta unos moloncos, pero la
mula no apareció por ningún lado. Dejó la puerta del
corral abierta por si llegaba. Estaba seguro que lo haría pero simplemente
no llegó. Intrigado por el hecho salió a buscarla, preguntó
por ella. Nadie la había visto a pesar de ser tan conocida. Fue
al arroyo, se asomó a distintos corrales, indagó por los
potreros cercanos y todo fue en vano. Finalmente en la tarde del siguiente
día escucho el ruido característico de su animal. Ahí
estaba con sus orejas paradas justo enfrente de la puerta, dispuesta a
tomar su cena. Eran las doce de la noche y se levantó de la cama.
Se dirigió al corral y vio a su mula echada a pesar de estar la
puerta abierta, pero curiosamente no amaneció.
Estaba terminando la temporada de las secas y él
no atinaba a entender el comportamiento de su bestia. Sus ausencias repentinas,
no sólo del corral sino del pueblo, le causaban extrañeza,
le parecía imposible aceptar que después de casi veinte años
de vivir por así decirlo, en el lomo de un animal, no hubiera tenido
el tiempo suficiente para conocer sus gustos.
Al llegar el tiempo de aguas descubrió el secreto.
Un día acudió por provisiones al pueblo vecino y llegó
al mismo lugar donde dejaba el correo, que a la vez de ser la agencia de
correos, era también una tienda. Aun no terminaba de extender la
mano, cuando el hombre le dijo: "acaban de pasar los dos correos, nada
más que tu mula se adelantó como una hora". De esa manera
supo que su mula seguía recorriendo cotidianamente los caminos.
Los mismos que juntos caminaron siempre. También supo que llegaba
puntualmente a cada sitio del correo de cada pueblo, que el responsable
de la correspondencia de cada lugar salía cuando ella llegaba, le
sobaba el pescuezo, luego le daba una palmada en la enanca y la mula seguía
su camino. Había quien le ofrecía maíz, sin embargo
era el dueño del mesón del Teul, quien le daba a diario su
cena y su almuerzo; la recibía y la atendía como si fuera
el propio correo, inclusive, dicen que platicaba con ella antes de abrirle
y cerrarle la puerta.
El hombre regresó a su casa. Vio cuando la tarde
siguiente llegó su mula, la acarició y se levantó
para verla partir por la mañana. La siguió mirando hasta
perderse en la distancia, luego en su mente reconstruyó tramo a
tramo la secuencia de su camino. Casi con exactitud matemática,
adivinó el lugar de sus ágiles pasos llegando a La Hacienda.
Casi oyó el chasquido de sus cascos sorteando los lodosos caminos
de la mesa del Muro. Imaginó las azucenas floreando, la hermosa
cerca de cantera que cruzaba por El Muro, la bajada pedregosa del Arroyo
Hondo, luego la subida. Los techos de las primeras casas de Milpillas delante
de La Puente. Enlodar sus cascos de tierra colorada. Cruzar sus desordenadas
calles. La imaginó bajando a Tinajitas, luego la cuesta de Los Sauces.
Cruzar el primer río. Llegar hasta el segundo. La miró desde
su mente llegar a Las Vueltas, caminando entre los encinos, mojado su cuerpo
de sudor por el sol a plomo. Acelerar el paso cuando recorría la
llanura de El Conejo. Bajar por Aticuata y subir cansada la cuesta, para
finalmente llegar al Teul. Alguien allí la estaría esperando
luego dormiría para regresar de nuevo.
Era imposible olvidar su mula. No pudo dormir esa noche.
Se levantó temprano y se hizo al camino. Le dijo a su esposa que
iría a Milpillas, regresaría en la tarde. Su esposa por primera
vez no lo comprendió. El hecho de verlo tan serio, tan ausente de
todo. Juraría que estaba enfermo, que sentía nostalgia de
algo. Se preguntaba ¿Por qué su esposo acostumbrado a ir
siempre a caballo, ahora habría partido a pie con sólo un
freno en la mano y sin dar explicación de nada?, pero pese a su
deseo, nada le preguntó. Lo vio partir y siguió con sus quehaceres
cotidianos.
Era después del mediodía, el río
de Los Sauces corría plácidamente abajo de los planes. Él
estaba al otro lado en la primera vuelta del camino y sentado al pie de
un árbol. La vio venir con su paso cadencioso y con su vista fija
en el camino, absorta en su viaje de regreso. Ella adivinó su presencia
antes que él le hablara. Veinte años de formar con él
un solo cuerpo, eran más que suficiente para reconocer su olor entre
miles diferentes. Movió sus orejas y se detuvo frente a él.
Lo miro con sus negros ojos redondos. Restregó su ya canoso pescuezo
contra él. Abrió su hocico para aceptar el freno. “El Correo”
la acarició insistentemente y calladamente se puso a llorar, mientras
cruzaba el río sobre su lomo sudoroso.
Esa mañana El Plan parecía una playa. Había
arena por todas partes y las hojarascas de los robles, a casi cien metros
arriba del cauce original del río, formaban pequeños montículos
sobre las piedras. Las milpas ya espigadas, estaban enterradas en la arena,
como si todo aquello fuera un desierto total, además de muchas ramas
y algunas raíces de ocote.
Habían bajado de la sierra, tres inmensos troncos
de más de dos brazadas de diámetro, con sus ramas gruesas
y secas, dos de ellos estaban rodeados de arena y piedras cerca de la pila
del paso, y el otro estaba varado entre la orilla norte del río
y la gran roca de más de diez metros de altura, que partía
la corriente en dos. Contrario a lo que podría esperarse después
de cualquier desastre, el amanecer era extraordinariamente hermoso. La
plenitud de la vida crecía exuberante en todas direcciones. Cantaban
jilgueros y pájaros azules, produciendo ecos interminables en los
riscos de enfrente y volaban las golondrinas en piruetas sin fin;
veneros y arroyuelos escurrían de las laderas con agua cristalina
y las hojas de todas las plantas igual que las copas de las flores silvestres,
estaban cubiertas de rocío.
Rafael Barrera Román, el hombre que en 1952 había
comprado esa tierra abandonada, para convertirla en productivos barbechos,
ahora caminaba por la sección baja del plan, enderezando las milpas
que aún quedaban enraizadas. No dijo nada, pues comprendía
que ésta no sería ni la primera ni la última gran
creciente que verían sus ojos. Sabía que con lo poco que
quedaba de siembra en la ladera, podría enfrentar el problema de
darle de comer a su familia. Visto en términos globales, éste
desastre significaba para él, apenas un contratiempo más
en su existencia. Si había podido sortear con éxito el año
en él que mantuvo por casi un mes, sus seis vacas que luego se murieron
entumidas sostenidas en horcones, podría también en esta
ocasión encontrar la forma de completar su gasto. Su experiencia
de tantos años de enfrentar la vida, le había enseñado
a salir adelante en base a la tenacidad de su trabajo y máxime ahora,
que tenía el apoyo incondicional de toda su familia. Seguro estaba
que en su casa metros arriba del Plan, encontraría un conjunto de
manos para apoyarlo, que contaría con su esposa Mercedes Castañeda
y un puño nutrido de doce hijos que secundarían su esfuerzo.
Quizá tendrían que caminar descalzos o con algunos remiendos
adicionales en sus ropas, pero no se morirían de hambre ni dejarían
de asistir a la escuela, ni llorarían por una simple creciente del
río; su familia era más, mucho más, que un lamentable
contratiempo. En medio de sus carencias, se habían acostumbrado
a prescindir de la palabra “mi”, para utilizar únicamente las palabras
“nosotros” o “nuestra” y este simple cambio en el lenguaje cotidiano, les
dio la fortaleza de entender, que si querían sobrevivir y progresar,
era mejor hacerlo unidos. Ahora Rafael Barrera Román estaba pensando
en eso y regresó hasta el portal de su casa para decirles a sus
hijos, que el sol estaba a punto de salir y que era urgente regresar
nuevamente al barbecho, para seguirle retirando las hierbas a las milpas
y quitar la tierra acumulada en el vallado.
Esta gran creciente del río, precedió a
otra creciente igualmente inmensa y largamente prolongada, sin embargo,
a diferencia de la primera, la segunda gran creciente fue de personas que
tomaron los caminos para dejar el pueblo.
Milpillas se llenó de adioses. En término
de unos cuantos años, casi el 80% de los que ahí habitaban,
se alejaron para siempre. Cada año, cada mes y cada semana, salían
los niños y los jóvenes a trabajar o al estudio y luego los
siguieron los viejos. Puertas y ventanas se cerraban; familias y barrios
completos se volvieron extraños para las nuevas generaciones. Perros,
caballos y vacas eran encargados, regalados o dados a medias, a los
amigos, parientes o vecinos que se quedaban y las vitulias y los geranios,
no volvieron a alegrar a nadie. Familias de Apellidos: Navarro, Barrera,
Ramírez, Castañeda, Gutiérrez, Rivas, Ortiz, Sandoval,
Acosta, Uribe, Bobadilla, Arjon, Arias, Flores, Covarrubias, Saldaña,
Muro, Miramontes, Valdez, Bañuelos, Chaires, Robles, Romero, Rodarte,
Jiménez, Méndez, Montes, Lamas y demás, casi se extinguieron
en el pueblo. Los primeros años del éxodo, no parecía
que todo aquel movimiento de salida, fuera parte de un adiós definitivo,
por el contrario, muchos al principio, enviaron desde el lugar de su nueva
residencia, dinero para remendar sus casas, para construir baños
y cocinas, les cambiaron el techo a sus antiguas casas y edificaron otras
nuevas habitaciones. Pagaban programas en el radio para felicitar a sus
parientes y amigos y mandaban dinero, para que les dijeran misas a los
muertos que habían dejado en los dos panteones. Los aviones de Manuel
Castillo no se daban abasto a traer y llevar a tanta gente; eran
tan largas las esperas en el campo de aviación, que las gordas de
horno, los quesos y los elotes cocidos, se echaban a perder antes de llegar
a su destino.
Uno a uno se fueron yendo casi todos; doblaban las coyundas
y en una esquina del portal, colgaron el sombrero, para en medio de bendiciones
y consejos, decir adiós a la casa paterna. Muchas de las madres
que allá se quedaron, comenzaron a llorar cuando se fue el primero
de sus hijos y así siguieron llorando para siempre. Nos bendijeron
y nos abrazaron en la puerta y no se metieron, sino hasta mucho tiempo
después que nos perdimos de su vista. Estoy seguro que nunca tuvo
tanto trabajo Dios de escuchar las innumerables peticiones, como en esas
fechas.
La tarde previa a nuestra salida nos bañamos
a conciencia, restregamos todo el cuerpo con estropajo y con una teja de
jabón amarillo; por la noche nuestras madres, al mismo tiempo que
nos daban las últimas recomendaciones, nos llenaban las cajas de
cartón, con las pocas pertenencias que llevaríamos en el
viaje.
Todavía perdura en esta soleada y fresca región
del mundo, una sensación de despedida permanente; casas de adobes
pardos y rojos, que se resisten a caer; puertas y ventanas de gruesa madera,
permanecen ahí cerradas, viendo cada sol que amanece y que se oculta;
patios sin voces, canales sin golondrinas; hornos desgastados por la lluvia,
hornillas sin aves, prados sin flores, alacenas sin cántaros, pretiles
sin jícaras, chimeneas sin humo. Hay en nosotros el recuerdo de
todas las cosas, de todas las caras y las calles de tierra roja en nuestras
mentes. ¿Quién no dejó una carta con palabras de amor
escondida?; ¿quién no dejó su más querido sombrero,
sus toritos de barro, sus monas de trapo, su columpio en el árbol,
su dedo gordo achatado de tanto tropezón en las piedras, la huella
de la suela de sus guaraches nuevos, su única chamarra, su china
y su otate, su guayabo y su durazno en el patio, su jomate y su jarro,
el recuerdo del camino más andado de una travesía en el monte,
el olor a galletas en su tienda preferida, una anécdota de burros,
un coscorrón en la escuela, las naranjas robadas, el cuarterón
de azúcar mojado con leche, las canicas, la pupa y los trompos?;
¿quién no dejó más de un amigo y soñó
con tener su propia yunta?; ¿a quién no se le cayó
una carga de leña, se le perdieron las vacas y le ladraron los perros?;
¿a quién no se le tiraron los tacos y los guisos y los tuvo
que juntar del suelo por miedo a ser regañado?; ¿quién
no apedreó un guariche, rompió la botella de la leche, mató
una víbora, lo orinó un zorrillo?; ¿quién no
rezó un rosario y casi se ahogó tapado con su pochota, por
miedo a que se lo llevara el chamuco?; ¿quién no fue al molino
de Elpidio Ramírez, al agua con una parada de valdes?; ¿quién
no desgranó un nixtamal, encandiló la lumbre con olotes,
salió al corral con su monchón de ocotes prendidos, calentó
sus tacos con rajas de res, se asomó a un pozo de lazo?; ¿quién
no conoció los apodos de todos los del vecindario?; ¿quién
no encuentra familiares las palabras: chagüiste, mechócote,
acualaista, taninole, jocoyole, jagüite, tapeiste, clacaiste, molonco,
chinchilegua, pochota, berenjena, capote, charico, pergenio, amole, tacazota,
chivato, lambrijo, enchaliguado, encalmado, atolondrado, chamurrín,
tapanco, camuca, zarzo, socarrena, nixtenco, temoluaiste, condoche, tapiluaiste,
pachona, mecate, retranca, estornija, acicata, machigües, zarabanda,
pepena, aura, tarabilla, búlico, conche, chereque, chuparrosa, saltapared,
viejita, xiloche, guache, cachaza, chapuza, pochota, ponteduro, pinole?.
Indudablemente que ese verdadero río de gente
desbordado en los caminos, fue más significativo y tuvo más
repercusión en la vida de todos, que la corriente que terminó
con la parte baja de los planes de San Antonio.
Con el tiempo, los que salieron del pueblo espaciaban
cada vez más sus regresos, hasta que terminaron por diluirse en
el tiempo para convertirse en un puro recuerdo, a tal grado que los que
nacieron después de esas fechas, tuvieron dificultad para identificar
quiénes éramos nosotros, preguntaban a sus papás de
quién habían sido esas casas que tenían tanto tiempo
cerradas y cuáles eran nuestros nombres. Por éstas razones,
les he querido incluir en el presente relato, los nombres de los miembros
de mi familia que como muchos otros, nacimos, trabajamos, jugamos y soñamos
en esas casas, calles y rincones de Milpillas.
En ésta casa, la nuestra frente al río,
hubo tanta gente viviendo en ella, que fue necesario poner camas
hasta en el portal. Sus moradores fueron los siguientes: Rafael Barrera
Román quien fue el padre de los doce hijos y que a pesar de verlos
partir a todos, nunca abandonó el pueblo donde nació y en
el que construyó sus propias casas: tres de ellas con portales y
cimientos de piedra labrada, con potreros y corrales circundantes, además
de muchas otras fincas encargadas por el pueblo o sus vecinos. Vio por
última vez desde la Sorrueda sus casas de San Antonio, la tarde
del 17 de agosto de 1987, después de asistir a una gordiada en el
rancho de su hija Rosario, justo el día de su cumpleaños
número 73, nueve meses antes de morir de cáncer y dos meses
después de cumplir cincuenta años de casado. Mercedes Castañeda
Castañeda, la esposa de Rafael, que fue el único novio que
tuvo y con quien compartió la crianza de los doce hijos, la siembra,
la limpia y la cosecha; vivió remendando pantalones, cosiendo camisas
para todos, cultivando todas las plantas de ornato que pudo; conoció
y aplicó el poder medicinal de infinidad de plantas y tampoco dejó
su pueblo a pesar de haberse quedado sola. Los demás que fueron
los doce hijos se llamaron: Pedro el mayor y casi su segundo padre en la
ciudad de Guadalajara hasta el día 3 de agosto de 1996 que murió
de cáncer, Rosario que fue la segunda de la familia y la que más
quiso a su hermano José, fue la mejor para tortear y cocinar, nunca
habló mal de la gente y conservó por siempre el respeto y
el cariño de todos sus hermanos y sus vecinos. Elisa fue la tercera
de la familia y a la que 15 hijos le mandó Dios, cuatro de ellos
se entregaron a la vida religiosa. Luis Humberto fue el cuarto de la familia,
se recibió de Contador Público. María de Jesús,
en todas las escuelas fue de las mejores, se recibió de Contador
Público, fue una excelente jugadora de golf y vivió haciendo
caridades y contando anécdotas. Federico fue el sexto de la familia,
dejó en el pueblo más amigos que ninguno y los siguió
conservando, también ese recibió de Contador Público.
Rafael fue el séptimo, heredó el nombre de su padre, así
como muchas de sus cualidades, se recibió de Lic. en Administración
de Empresas y compró su propio rancho en la región norte
de San Antonio que atendía desde Guadalajara. Jesús Manuel
fue el octavo hijo, fue rescatado de un río crecido por un hijo
de Don Simón Rivas, se recibió de Abogado, profesión
que ejerció con mucho éxito, aprendió el idioma del
inglés, formó parte de un coro de música clásica
y escribió tres libros para ser empleados en el Movimiento de Encuentros
Parroquiales de Conversión Cristiana que él mismo inicio
y se extendió por varias Diócesis de la República.
José fue el noveno hijo y dedicó su vida a estudiar, a dar
clases en la Universidad de Guadalajara y a escribir historias y cuentos.
Alicia ejerció su profesión de Contador Público, luego
se dedicó a la atención de su hogar y a recibir y pasear
a su madre cuando venía por temporadas a Guadalajara. Irma Yolanda,
onceava hija de la familia, aprendió a ordeñar vacas a los
seis años de edad, estudió Contaduría Pública,
aprendió el idioma inglés y duró gran cantidad de
años viendo amanecer y ocultarse al sol frente al mar, fue extraordinaria
decoradora de interiores y la más difícil de cortarle la
plática. Mercedes la hija número doce, heredó el nombre
de su mamá, conservó el color de su pelo rubio, fue la más
pequeña en emigrar a Guadalajara, estudió Contaduría
Pública, fue con Jesús Manuel y mi mamá, la más
dedicada a propagar la buena nueva del Evangelio a través de encuentros
y grupos religiosos; Dios le hizo el milagro de curarla de un soplo que
padecía en el corazón.
Muchas crecientes después de aquella que he narrado,
de noches y días compartidos, de trabajos solitarios, de lágrimas
de pena, de vistas interminables a la ladera del camino real, en la espera
de algún regreso de sus hijos, Rafael y Mercedes, los que vieron
nacer, crecer y partir a todos sus hijos, interrumpieron por un momento
en ese día sus quehaceres cotidianos, inundados por el sol abrazador
del otoño y por el olor de los jardines florecidos de su casa. Los
dos estaban de pie, mirando los tupidos y dorados mazorcales del plan,
a través de ese hueco que formaba la puerta abierta frente
al río.
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